| Villaguay, lunes 23 de julio de 2012 |
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DE UN TIRÓN. Por Martín Carruego
Algunas imágenes del incendio
Más que las llamas, que se levantaban a metros de alturas, lo primero que me sorprendió cuando ayer al mediodía llegué a la esquina de Savio y Almeida fue la gran cantidad de gente que se había amontonado en el lugar con el único propósito de mirar.
Chicos, grandes, viejos, jóvenes. Todos amontonados mirando. Decenas de autos estacionados en doble fila por las calles que debían transitar, una y otra vez, las autobombas, los patrulleros y las ambulancias.
Los policías pidiendo a gritos a los chicos que se corran de la calzada para no ser embestidos por los vehículos que salían disparados a buscar más agua, a llevar pacientes, a transportar mangas. Y la gente mirando, como si se tratara de un espectáculo de fuegos artificiales, con los ojos llenos de fuego, balbuceando lamentaciones sobre esa pobre gente que corría desesperada para tratar de salvar alguna madera más, que lloraba la enorme pérdida pero que le hacía frente a la desgracia trabajando codo a codo con os bomberos.
El diccionario dice que es algo así como una “atracción hacia lo desagradable”. Eso: el morbo. Esa cosa de ir a mirar las desgracias ajenas, de pegar los ojos al televisor cuando la pantalla se llena de sangre. Que nadie se sienta tocado. Todos somos morbosos.
Es un mal que nos incluye a todos pero que deberíamos poder controlar. Porque esas conductas –esos amontonamientos de inútiles espectadores, como el de ayer- no sólo dificultan el trabajo de los que están haciendo algo más que mirar, sino que suman riesgos que no deberían existir. Por ejemplo, que una autobomba se lleve puesto un chico.
Otra cosa que volvió a llamarme la atención es el repentino brote de especialistas que se produce cuando hay un incendio. Absolutamente todos tienen una idea mejor que la de los bomberos. “Lo que hay que hacer es tal cosa”, dicen los tipos, cruzados de brazos, mirando como los otros trabajan. “Porqué no echan agua de aquel lado”, dice uno. Y el del al lado medio que le da la razón pero también tira su propia idea: “Hay que mojar las maderas”.
La profusión de especialistas no debería llamar la atención en un país donde todos sabemos de economía, donde somos mejores técnicos que Bielsa; nos atrevemos a opinar de mecánica aunque jamás hayamos visto una bujía más que en dibujitos; y si tuviéramos un bisturí a mano capaz que hasta le hacemos a la cirugía, si al fin y al cabo no ha de ser tan difícil.
No sé si la tarea de los bomberos fue buena o mala; si se les acabó el agua; si podrían haber atacado primero en un lado o en otro. Sé, me consta, que se capacitan para eso que hacen. Sé, estoy seguro, que saben más que cualquiera de los que hablan porque tienen boca. No digo que la labor de los bomberos sea incuestionable. Sólo estoy diciendo que, así como los mecánicos saben de mecánica, los bomberos saben cuál es la mejor manera de atacar un incendio.
Pero detrás de estas escenas tan lamentables se vieron también cosas buenas. Allá en el fondo, metidos entre los tablones y con el fuego muy cerca de sus cabezas, decenas de vecinos se acercaron a prestar su ayuda empujados por la solidaridad, ese sentimiento que te hace sentirte parte del otro, de ese otro que está sufriendo.
Esos villaguayenses que sumaron fuerzas para sacar cientos de postes y ayudaron a desalojar una vivienda que corría riesgo, y que estuvieron colaborando en todo simplemente porque sintieron que su participación hacía falta, son la mejor imagen que dejó el incendio.
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