El grupo uruguayo de rock “El Cuarteto de Nos” tocó por primera vez en Entre Ríos. Crónica de un treintañero que comienza a disfrutar de los shows rockeros desde otro lugar (más lejos del escenario y más cerca de la música)
Los sujetos que cruzaron la innoble barrera de los 30 y siguen yendo a recitales de rock tal vez puedan pensar que ahora los shows se llenan de adolescentes y púberes. Fácil sería considerar que quienes andan por los treintaypico ya no deberían ir a ver en vivo bandas que hagan esa música o, al menos, no quejarse sobre la edad y características de los concurrentes. Asistir a recitales de este género sigue siendo una ceremonia, una especie de ritual que trasciende franjas etarias y clases sociales. Aún para los que superaron la 3º década. A continuación, cavilaciones y peripecias de un treintañero en un recital de rock.
Es una de esas noches apenas frescas de invierno, con una importante humedad en el ambiente que se ve potenciada porque el boliche donde toca la banda uruguaya está a metros del Río Paraná. Ahí, una fila de casi 80 metros cuyos integrantes pugnan por entrar, algunos beben fernet o cerveza, o pican algo comprado en los carritos de la costanera paranaense.
De a poco la fila avanza hasta que se ingresa al boliche que lleva el nombre de la traducción del término pescado en inglés. El muchacho que corta la entrada tiene cara de pocos amigos: su figura es voluminosa y, a juzgar por su aspecto, podría ser el baterista de una banda de heavy metal, pero corta tickets en un boliche. Enseguida, unos policías de civil invitan a apoyar las manos bien arriba en la pared para el cacheo correspondiente. El lugar es bastante amplio, es más largo que ancho. Allá al fondo y arriba está el escenario, no muy espacioso. En la mitad del salón, a la izquierda, la barra, que provee cerveza, fernet, gaseosa y agua. Los barman y/o barwoman parecen que volvieron de una charla de Claudio María Domínguez, porque hacen todo despacito y sin prisa.
La espera, cerveza en mano, se hace larga. El recital del grupo oriental estaba pautado a las 21, pero ya pasó una hora y media y todavía no suena ningún acorde. La gente se entusiasma con poco: tiran un poco de humo en el escenario, y gritan; suben un par de técnicos de sonido, y aplauden. Mientras se aguarda que arranque el show no hay cánticos ni temas de aguante hacia la banda, tal vez sea porque es un grupo que hace relativamente poco tiempo se popularizó en Argentina.
La luz se apaga, se perciben movimientos en el escenario, hasta que vuelven a iluminar y ahí están ellos: “El Cuarteto de Nos” por primera vez en Entre Ríos, debutando en Paraná. Comienzan los primeros sonidos y el público se enloquece. Suena “El hijo de Hernández” y se corea el estribillo pegadizo.
La banda siempre estuvo compuesta por cuatro músicos, aunque últimamente se sumaron dos más, pero sólo se ve en escena a uno de los nuevos, el tecladista. Los integrantes fundadores de la banda ya son señores de mediana edad, pasan los 40 años. Y se les nota. Es un poco raro, pero muchos de los fans de la banda son adolescentes y hasta chicos que, en teoría, no tienen nada en común con cuarentones orientales que hacen música. Pero las canciones atraviesan generaciones y hasta las unen: entre el público se ve a padres con sus hijos de 10 o 12 años.
El cantante Roberto Musso saluda al público luego del segundo tema y aclara que es la primera vez que tocan en Paraná y que espera que no sea la última. Es alto y flaco el frontman montevideano, toca la guitarra e interpreta esos temas difíciles de cantar por las largas letras y el ritmo frenético que muchos tienen. Son canciones en las que hay muchas rimas y juegos de palabras, se trata verdaderas gemas poéticas que hacen identificable el sonido de la banda.
Promediando el recital llega una clásica canción: “Yendo a la casa de Damián”, tema que en nuestro país se convirtió en hit. Y comienza uno de los pogos más potentes, tal vez a la par del generado con el tema “Miguel Gritar”.
Quizás sea necesario aclarar que este cronista tiene unos cuantos recitales encima. Por este motivo algunas cosas no sorprenden y ciertos viejos hábitos recitaleros ya pasaron a la historia. Entre esas costumbres en desuso para este escriba, está la de hacer pogo. Un poco por la edad, otro poco por la madurez, el caso es que de un tiempo a esta parte ya no es grato meterse en el medio del recital y empujar y ser empujado por otros individuos masculinos. Por supuesto que hay viejos zorros recitaleros que persisten en la actitud de pasar parte del recital ahí, en el medio de la marea humana, dando y recibiendo codazos. Tipos que arañan los 35, acaso padres, que durante los shows siguen introduciéndose en el medio de la corriente rockera al calor de determinadas canciones.
Para este cronista esa ya es una etapa superada (que no es imprescindible para sentirse parte del mundo del rock) y está más cerca de sentarse en una silla o en una butaca para disfrutar de una velada musical de un modo civilizado de un show como lo hace mucha gente.
A propósito de esto, en uno de los últimos recitales quien escribe estas líneas se acomodó medianamente lejos del escenario para ver el recital de rock tranquilo, tomando un fernet. Pero cerca había unos sujetos exasperados, de al menos 30 años, que tenían otra idea y, cuando sonaron ciertos temas, se pusieron a hacer pogo en esta parte del lugar donde había parejas, cuarentones y algunos adolescentes. Por supuesto que se ganaron la mirada odiosa de los que tenían alrededor y volcaron no menos de tres vasos de cerveza de los pasivos espectadores. Se dirá que son cuestiones inherentes a recitales en boliches, pero son hechos que sin duda alejan a varias personas del rock en vivo.
Hablando de rock en vivo, “El Cuarteto de Nos” lo siente al tocarlo, se nota que los músicos la pasan bien cuando se trata de brindarse ante su público, se vislumbra que son un grupo de amigos sobre el escenario.
Nótese que todavía no se utilizó el término “rioplatense”, simplemente porque la banda “El Cuarteto de Nos” es uruguaya aunque tributaria, claro, del rock argentino. A propósito, este cronista duda que exista la entelequia rock uruguayo.
La banda del otro lado del río presenta algunos temas, mezclados entre viejas canciones, de su más reciente disco “Porfiado”. Uno de los nuevos es una especie de zamba medio tanguera que se llama “Todos pasan por mi rancho”, que es de lo mejor de su última producción.
Como dice la canción, “todo concluye al fin, todo termina”, y el recital finalizó después de una hora y media de temas que fusionaron rock, pop, cumbia, candombe. A seguir la noche por ahí para sorprenderse o a irse al mazo, todo depende si se tiene más o menos de treinta…
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