
TRES LINEAS
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Yo soy oficialista Uno nunca sabe de dónde salen sus ideas políticas. Yo no sé, pero voy a tratar de rastrearlas para entender porqué me siento traicionado por la Cristina. Había un vecino que tocaba unas de Melipal en la guitarra, pero no creo que mi leve zurdez haya nacido en los versos de “Cuando tengo un amigo, le digo Che”. Mi viejo era de la Democracia Cristiana y se empecinó en perder elecciones con la lista 5. Dejé que me pegara el amor por las eternas derrotas de La Academia. Pero no le permití que me instalara en el corazón esa flechita apuntando para arriba sobre un fondo de azul y rojo con la que se identificaban sus correligionarios. Lo acompañe, de chiquito, a pegar unos pocos afiches con las fotos de unos viejos, junto a los otros tres militantes que el partido tenía en Maciá. Pero nunca me identifiqué con esa gente. Yo era siempre más zurdito. El 30 de octubre de 1983 ganaron los radicales y yo tenía once años. El papá de mi vecino (otro, más chico que yo, no el de la guitarra), ganó la intendencia. Y supe, no sé bien porqué, que yo nunca iba a ser radical. Los peronistas, en cambio, en ese primer recuerdo político, se me aparecen como pobre gente, derrotada. Pero tampoco me gustaban. En una época, con un amigo, tendríamos doce, decidimos que la marchita peronista era mejor que la radical (en esa época se usaban mucho las marchas, después a unos les dio vergüenza lo de luchar contra el capital y a otros les dio vergüenza ser radicales). Y nos hicimos peronistas. A él no sé. Pero a mi me duró poco. Dos hechos determinantes me cambiaron: ganó Menem y conocí unas amigas que eran radicales pero medio zurditas como yo. Rosario, en cambio, parecía un paraíso. Ahí estaban los socialistas. Había visto en el baño de un club una calco del PSP que era una foto del bolsillo de atrás de un vaquero, con una florcita saliendo. Y me gustó. Esa calco y las cosas buenas que se escuchaban de Rosario me hicieron medio socialista. Después, sin embargo, se me hizo imposible cierto aire pacato y antiperonista que emanaban algunos de los dirigentes del partido de la florcita. Y quedé en bolas hasta que del cielo cayó el Chacho mezclando las ideas socialistas con una dosis justa de peronismo. O de ex peronismo, que es quizá el mejor peronismo. Sus devenires me llevaron por los más recónditos lugares del "progresismo". De Pino Solanas a Bordón pasando por Meijide hasta llegar a De la Rúa (¿De la Rúa?). Cuando se desvaneció la Alianza empezó a entusiasmarme ese narigón del sur que compraba gigantescos espacios en Crónica TV para que le transmitieran sus actos. Con todo, Cristina parecía garantizar la continuidad de algunas políticas que me gustaban. Y como sabía que iba a ganar conmigo o sin migo, no la voté. Aún así me siento un poco dueño (y culpable) de esto. Porque fui de los que lo corrieron al carlo en aquella ya lejana primera vuelta votando la poco humilde boleta del Frente para la Victoria. Y por lo tanto, vengo a ser oficialista. Para los que tienen una historia parecida a la mía, no hay cosa peor que ver, de nuevo, derrumbarse una esperanza de construir algo distinto. Esta gritona no es lo que yo quería. Esta gente que hace poco y nada para me dure la plata en el bolsillo no encaja en mi ilusión. Estos que piensan que con el discursito anti dictadura pueden dárselas de garantes de los derechos humanos no me atraen más. Estos que se bancan personajes impresentables no me gustan nada. ¿Y ahora quién podrá defendernos? Martín Carruego ANTERIORES |
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