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Las cacerolas no, por favor...

Menos mal que no hubo cacerolas en Villaguay. Me ponen mal, me parecen desubicadas, fuera de lugar, extemporáneas, irracionales; un método impropio en las actuales circunstancias.

Pero no se enojen antes de tiempo: está bien el reclamo del campo. Cada uno defiende lo suyo y para eso estamos en democracia.

Pero cacerolas no, por favor.

Si quieren hagan ciento veinte tractorazos, o saquen a pastar las vacas en la plaza 25 de Mayo, un desfile de ropa gauchesca por la calle ancha, una caballada por la San Martín, cubran de pasto las veredas del centro o simplemente golpeen baldes, o hagan un cencerrazo. Pero las cacerolas no.

¿Y no es lo mismo?, dirá alguno. No, respondo. Las cacerolas forman parte, felizmente de un pasado cercano en el tiempo pero lejano en lo que refiere a circunstancias.

Las cacerolas REPRESENTAN el derrumbe de un gobierno (algunos preferirán, con cierto dejo de razón, la palabra “derrocamiento”, ¿no Cabezón?), que debió abdicar frente a una situación incontrolable desde todo punto de vista: política, social y económicamente.

Desde que el Chacho se fue, De la Rúa quedó muy debilitado, porque ni siquiera tenía apoyos firmes desde el radicalismo. Y en los últimos días –como para opacar el torneo que Racing conseguía después e 35 años- no paró de dar tropiezos hasta que, tambaleando, se acercó demasiado al precipicio.

Pero más allá de la política y del estilo siestero que muchos se ocuparon de promocionar arteramente, De la Rúa se topó ya en el 99 con un país que marcha sin obstáculos hacia el abismo. Y en 2001 todo se había ido al carajo.

En 2001 el riesgo país llegó a los 5400 puntos básicos (hoy está en 560); la economía se contrajo un 4,5% y gracias a Menem ya se había achicado desde 1998 hasta entonces un 14 por ciento (hoy crece el 8 o 9 por ciento desde hace cinco o seis años); el desempleo midió 18,4% en octubre (hoy está en algo más del 7%); las reservas cayeron por debajo de los 15 mil millones de dólares, y hoy superan los 50 mil millones.
Yo sé que esto va a parecer oficialista, pero no importa. Es verdad. Y me parece oportuno recordarlo, porque justamente por esto de más abajo es que no puedo escuchar hablar, hoy día, de cacerolazos. Las cacerolas “REPRESENTAN” eso: el final, el golpe seco del rostro de la nación contra el pavimento, la última exhalación. Y quien escucha las cacerolas no puede evitar pensar en todo eso.

Las cacerolas asustan; y asustar es peligroso, porque ustedes saben que una de las causas de las crisis económicas es aquello de las profecías autocumplidas: la gente piensa, porque tiene fundamentos, o porque sospecha o porque alguien la convence, que las cosas van a ir de mal en peor.

¿Y qué pasa entonces?: las cosas van de mal en peor porque la gente empieza a refugiarse en el dólar o el oro o el euro; deja de comprar, saca sus depósitos y se los lleva al Uruguay, echa empleados; en fin, se protege.

Y así el país termina otra vez en el piso.

A mí no me importa mucho Cristina Fernández. Pero no quiero de nuevo todo aquello.

MC.

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